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Beyoncé, Rihanna y Kanye West: Obama tiene sucesores

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El 2 de septiembre de 2005 Kanye West inició una agitación en la cultura popular afroamericana que hoy vive su gran periodo de efervescencia. Ante las cámaras de la NBC, en el marco de un telemaratón para recaudar fondos para las víctimas del huracán Katrina, el rapero se saltó el guión establecido y dejó caer una bomba que daría la vuelta al mundo: «A George W. Bush no le importan los negros».

West, que por entonces aún no era la celebridad que convierte en noticia todo lo que hace, dice o tuitea, dio un paso al frente y ejerció de portavoz airado de toda la comunidad, muy crítica con el papel del presidente estadounidense en la tragedia de Nueva Orleans. Fue el primer gesto de irreverencia, rebelión y ambición política de un creador que hoy mueve a millones de fans e influye de forma decisiva.

Casi 11 años después de aquel impactante hit televisivo, en la última ceremonia de los MTV Video Music Awards celebrada el pasado 28 de agosto, una gala dominada de forma abrumadora e incontestable por las estrellas negras, Kanye articuló un discurso cargado de intención en el que exponía «las tres claves para mantener a la gente empobrecida: quitándole la autoestima, quitándole los recursos y quitándole sus modelos de conducta».

Aunque el trasfondo de ambos discursos es parecido, ¿qué ha cambiado en una década? En 2005 Kanye West era una figura prometedora en el ámbito rap pero un nombre invisible para la gran masa; en 2016 es un icono pop que gana más dinero con el merchandising que con los discos, que diseña las zapatillas más codiciadas del momento y que levanta un ruido ensordecedor con cada una de sus acciones. Este West es tan capaz de facturar hits infalibles en los clubs y las listas de descargas como de generar reacciones, seguimiento, estados de opinión e influencia más allá de la música. Y no es un caso aislado o fortuito.

Territorio habitual de raperos radicalizados, músicos del circuito mestizo, cantautores solemnes o bandas de punk, el activismo y la conciencia política históricamente no han tenido cabida en el mainstream. Nunca ha sido su liga, como si fuera incompatible posicionarse desde un punto de vista ideológico y al mismo tiempo emocionar y hacer bailar al mayor número de gente posible.

Hoy, por el contrario, son los nombres más conocidos e idolatrados del universo musical negro los que rompen cualquier código de corrección política y deciden mojarse. A ello han contribuido dos factores decisivos: el clima de tensión racialque vive Estados Unidos a raíz de los últimos casos de brutalidad policial y el inicio del fin del mandato de Barack Obama como presidente del país. Un año convulso desde la óptica afroamericana que en esta ocasión ha tenido respuesta y reflejo en las esferas más altas del universo musical.

AMOR Y PROCLAMAS. En 2016, por ejemplo, Beyoncé Knowles ha publicado Lemonade, un disco que, entre lamentos, reproches y contrariedades derivadas de su ajetreada vida sentimental, aborda sin tabúes ni medias tintas asuntos como la brutalidad policial, el racismo o el papel de la mujer en la sociedad norteamericana. Es la misma Beyoncé que en 2003 debutaba en solitario con un álbum multiventas, Dangerously In Love, atiborrado de letras románticas, declaraciones de amor subidas de tono y estribillos hedonistas e inofensivos.

La Beyoncé actual, sin embargo, en pleno clima de tensión social y racial cuelga vídeos en su web con mensajes como «Stop killing us» («No nos matéis»), graba un alegato black power tan rotundo como Formation y se atreve a presentarlo en directo en el descanso de la Superbowl. La misma Beyoncé que se persona en la alfombra de los MTV Video Music Awards de este año acompañada por las madres de cuatro víctimas mortales a manos de la policía o muestra públicamente su apoyo a Hillary Clinton. Es el compromiso firme de una diva del R&B convertida ya en líder de opinión y acción: cuando la propia candidata demócrata asegura que le gustaría ser «tan buena presidenta como Beyoncé artista» queda patente su poder de convocatoria.

Incluso Rihanna, la tercera gran estrella en discordia del firmamento musical negro actual, ha empezado a moverse en esa dirección. El hit American Oxygen y su videoclip, estrenados el año pasado, mostraron una faceta nueva de la artista de Barbados: interpretado por una parte de la crítica como un himno patriótico, la canción en realidad proponía un lúcido homenaje a los inmigrantes que, como ella, han conseguido materializar el sueño americano. Pero sobre todo suponía una ruptura con la temática de sus canciones, en general más díscolas y superficiales, y exhibía un posicionamiento que ella misma ha intensificado.

Tres meses antes de lanzar su último disco, Anti, Rihanna concedió una entrevista a The New York Times en la que reflexionaba abiertamente sobre el racismo. «Te juzgan porque estás etiquetada de una manera concreta: la gente ha sido programada para pensar que un negro con una sudadera con capucha equivale a tener que protegerte bien el bolso». El impacto de sus palabras generó más runrún que muchos discursos institucionales.

En el año en que Estados Unidos se despide de Barack Obama, influencers de rendimiento inmediato como Beyoncé y su marido Jay-Z -rapero y empresario que compatibiliza su entrada en la lista Forbes con canciones sobre la brutalidad policial como Spiritual-, Kanye West, Rihanna, e incluso Drake o Frank Ocean, han convertido la cultura popular afroamericana en un gran activo político, social y racial. Y no sólo están cambiando el rumbo de la industria musical con su política de lanzamientos a la contra, sino también a la gente: miles de adolescentes afroamericanos -y no tan adolescentes- han encontrado en sus canciones, sus ideas y sus declaraciones la inspiración y la motivación que no ha sabido transmitirles la clase política.

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